Por María Teresa Alvarado
Hay cosas que uno sabe que no debe hacer, pero las
hace. Como el día que entré en aquel restaurante de mala muerte
en la calle 28. Los comensales parecían sacados del basurero. La nevera
hacía un ruido como de cigarras anunciando lluvia. En la cocina, el chef
destrozaba, a punta de hacha, cebollas, brócolis, aves y otros animales.
Un gato cruzó despavorido la estancia. Y yo, aún sin verlas,
sabía que estaban allí; volando sobre la olla de la sopa,
escondidas tras el saco de arroz o bajo la suela de algún zapato.
Aún así, me atreví a pedir el combo número dos:
sopa Wonton y vegetales en salsa de ostras.
Confieso sentir cierto placer por este tipo de sitios,
donde se percibe que puede ocurrir cualquier cosa. En cualquier instante
podría salir de allí el titular de primera página de un
periódico amarillista: Intoxicación en la 28; y, a
continuación, “La joven periodista sabía que no esperaba el
Milagro en la calle 34 cuando pidió la sopa Wonton (se había
equivocado de calle)…”.
Pero más allá de lo que realmente
pasaría, es la posibilidad de lo que puede pasar lo que despierta mi
curiosidad intelectual; por cierto, la mejor excusa que he tenido para aclarar
siempre el por qué estaba en tal sitio a determinadas horas.
La revista Time Out New York
publicó recientemente una lista de lo que ellos llaman Dive Bars,
algo así como bares de inmersión, perfectos ejemplos del tipo de
sitios que atrapan mi atención. Casi siempre son lugares oscuros y con
rocolas, al estilo de cantina de pueblo o restaurante de callejón sin
salida. La concurrencia, digna de Fellini. Y les digo, cualquiera de ellos hace
que una película de David Lynch parezca un cuento de hadas. Y es que,
además de encontrar tragos baratos y material para crear, existe en esos
lugares una suerte de complicidad anónima que parece envolverlo a uno en
una tensa calma, lo cual hace más emocionante la decisión de una
segunda ronda o de salir a la luz. Estos lugares me provocan un placer morboso;
son verdaderos sitios de culto.
Sin embargo, decidida por la luz, hago mi otra lista
de placeres con el fin de no olvidar que la vida está llena de opciones:
tomar la siesta bajo la sombra de un árbol en el parque; sentir el sol
en la piel; descubrirse en una sonrisa; presenciar el nacimiento de un
bebé; tomar el vino con los amigos; pelear en familia con almohadas;
saltar sobre la cama; ir al cine cualquier día en la mañana;
comer un pescadito asado a la orilla del mar; subirse al autobús en un
pueblo desconocido; sumergirse en el océano; meter la cabeza bajo una
cascada; reencontrarse con el amigo cercano por el messenger; la postal que
recibimos; el avión que nos lleva; la bicicleta que nos trae; el zapato
cómodo que nos soporta; el abrazo que nos cobija; el sueño sin
pesadillas; la idea del ángel de la guarda; la mañana junto al
ser amado.
Y así como hay cosas que uno hace y sabe que
no debe hacer, hay otras que las hace a sabiendas. Bastó un sólo
mordisco del Wonton para entender que me aseguraría la candidatura a
titular de página entera. Le dí un vistazo a los vegetales con
salsa de ostras y percibí a mi ángel de la guarda negar con su
cabeza. Cuando parecía que ya nada podía estar peor,
encontré la galletita de la fortuna al fondo de la bolsa. Abrirla también
es un placer o culto. El proverbio rezaba Precaverse contra un posible
percance, que en boca de mi madre se traduciría en Más vale
prevenir que lamentar; y a continuación el regaño de infancia,
¡Que te bajes de esa mata, carajo!, y yo, ¡de la que me
salvé!
TV LATINA