23 de June de 2026
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El fin de una era

Por María
Teresa Alvarado

La
fila. El bolso de mano expuesto a los rayos X, Y o Z. El funcionario. El cruce
de miradas. La estampa sobre el pasaporte. El anuncio. La presentación
del boleto. El estrecho pasillo. La señora que no puede colocar su
equipaje en el sitio designado. La ayuda. Las gracias. El 34 F. El
cinturón de seguridad. El pájaro de acero que comienza a
desplazarse por las pistas del aeropuerto. El recorrido. La mirada a ras de
tierra. Las turbinas que incrementan su potencia. El despegue. La mirada aérea
hacia lo que fue. El cielo abierto hacia lo que será.

Trasladarse
es toda una experiencia. La posibilidad de emprender una aventura es
fascinante, aún cuando el temor nos sorprenda. ¿Hacia
dónde vamos? ¿Estaremos en el camino correcto? ¿Qué
sucederá después? Todas estas inquietudes pueden hallar respuesta
cuando se toma conciencia del suelo que pisamos, cuando miramos a nuestro
derredor, cuando se asume que la Tierra está en perenne movimiento. Lo
que fue hoy no será mañana, y el mañana adquiere la
cualidad del hoy toda vez que se alcanza.

Sin
embargo, ¿cómo sentirse seguro en un mundo que no cesa de
cambiar? Creo que la respuesta se encuentra en eso que llamamos esencia.
Más que un vocablo, la idea nos permite aceptar, de buena gana, que todo
ha de transformarse y que en esos cambios de estado nuestra naturaleza es lo
único inmutable. Es como esas atracciones donde uno se desplaza
lentamente sobre un riel y el paisaje proyectado alrededor nos
“despeina” ferozmente.

Las
historias de amor de nuestras telenovelas, por ejemplo, se mantienen puras en
su esencia. Ni las citas con chaperonas, ni las rivalidades entre familias, ni
la distinción de clases sociales, ni la muerte han derrotado al amor. Y
en la industria, la manera cómo contar ese amor ha tenido que ajustarse
a nuevas tecnologías, a elencos internacionales y a los retos del
mercado. Pero la premisa se mantiene viva: el amor siempre triunfa.

No
puedo evitar imaginarme a las actrices de las radionovelas. Cuando entre las
amas de casa —y perdónenme las aludidas— ejercían su
labor con el orgullo que ello implicaba, Sarita se engalanaba para ir a la
emisora a interpretar el papel de Magdalena, una mujer que luchaba por hacer
posible ese amor prohibido. Y todo
en vivo. Su actuación era escuchada en aquellos hogares que
tenían la suerte de contar con un aparato de radio. Pero detrás
de Sarita, estaba el concepto de entretenimiento. Ese concepto que, por su
esencia, ha sobrevivido a los cambios, se ha adaptado a las nuevas formas, ha
superado a una audiencia cada vez más exigente ante lo que se le propone.

La
llegada de la televisión dejó a Sarita sin habla. Lo que ella no
pudo percibir, en su momento, fue que su entrega cotidiana y puntual para darle
vida a Magdalena, trascendió del micrófono a la imagen. Y de
allí a las distintas formas que la narración y la imagen experimentan
para dar por sentado, de una vez por todas, que el concepto del amor en la
telenovela está más vivo que antes, y dispuesto a establecerse en
el mundo. De manera que los cambios están servidos en un mundo,
aceptadamente dinámico, que los exige.

Luego
de nueve años en circulación, TV Latina también ha tomado la
decisión de cambiar de forma, mas no su esencia. Experimentamos un nuevo
formato que en nada interfiere en su contenido. Y sin embargo, me atrevo a
compartir que este cambio implica el fin de una era signada por la costumbre de
un tamaño, de un formato, de una apariencia.

A 3000
metros de altura, miro por la ventanilla hacia la nada. Un lapso en el camino,
un tiempo detenido entre lo que fue y lo que será. Y lo que fue me
fortalece para lo que será. Porque en resumidas cuentas, todo fin
conlleva a un inicio. Un comienzo amparado por lo que es.

Marzo de 2005

@2005 WSN INC.

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