Con la precisión de un reloj suizo, el calendario anunció la llegada de la primavera. El clima no apoyaba a la tradición y, sin embargo, me sentí feliz de cambiar de estación. Tanto así que cuando atravesé el Parque Madison Square poco me sorprendió el alto volumen del trinar de los pájaros. No obstante pude comprobar que, lejos de ser motivo de alegría, el sonido despertaba en los transeúntes un temor comparable al de la película Los pájaros de Hitchcock. Rápidamente entendí que la primavera de 2007 iba a ser inusual.
Por María Teresa Alvarado
Mayo de 2007
Nunca antes el concepto de la relatividad del tiempo me pareció tan vano. Especialmente porque el no disponer de tiempo me pone en la paradoja sobre si habré de conseguirlo para replantearme su uso. 2007 llegó con una velocidad insospechada que ha sorprendido, me atrevo a decir, a todos los involucrados en la industria. La agitación del mercado es mucho mayor a la de la tan cacareada evolución de los nuevos medios. No termina un NATPE cuando ya estamos en MIPTV, con paradas de rigor en Andina Link y Canitec. Poco tiempo quedó para pagar penitencia durante la Semana Santa. Los L.A. Screenings ya estaban afuera del confesionario reclamando atención. Y, mientras tanto, la primavera neoyorquina volvía locos a los árboles a tal punto que, entre tan impredecibles cambios de temperatura, no se decidían por darle rienda suelta a sus capullos.
Tal vez haya sido culpa de la administración de Bush, que decidió adelantar el cambio de hora, o del tema del calentamiento global tan de moda en estos días. Lo cierto del caso es que pareciera que la Tierra está girando de una manera más acelerada desde que 2007 se hizo presente con la típica promesa de que vendrán tiempos mejores. A la par de la conjunción de los nuevos medios, en la que un celular ya no es sólo un instrumento para hacer llamadas, sino toda una plataforma múltiple que alberga hasta transmisiones de televisión, la idea de que algo apenas termina cuando otro evento comienza es como la imagen del perro que se muerde la cola. Ladra y la persigue, y gira sobre sí mismo hasta que se marea y cae con la lengua de corbata durante dos segundos, para luego empezar su solitaria diversión otra vez.
Haciendo uso de aquella frase célebre de Mafalda Paren el mundo que me quiero bajar, abro un espacio en la cotidianidad para contemplar la cara común de la primavera. Así, el árbol desnudo frente a mi ventana estalló en verde, y el de la vecina de enfrente hizo lo propio en morado. Atrás quedaron las pesadas ropas de invierno y las chicas desnudan sus piernas al sol. Cuando se sale del trabajo siempre es de día. El café se bebe con hielo y las ensaladas dominan las dietas de la hora del almuerzo. Los amantes se multiplican en paradas de autobús, junto al río, tirados sobre la grama de cualquier parque o bajo un puente vestido de flores. Aún si los sorprende una tormenta, la primavera prevalece como una estación de amor.
A diferencia del perro que muerde su cola, una vez cerrada esta edición no volveré a jugar en solitario. Me iré al parque para descubrir cómo se las arregló un artista para crear un imaginario mundo volador con tan sólo escuchar el trinar de unas aves que en algún momento pudo causar temor. Iré allí, a descifrarlo bajo el árbol de aluminio de otro artista enamorado de la primavera.
TV LATINA