24 de June de 2026
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En busca del tiempo perdido

Junio 2005

El
manuscrito, la máquina de escribir, los papelitos blancos para corregir la
impresión de teclas equivocadas, el Larousse ilustrado, la entrega al día siguiente,
el “mi tía tiene una máquina eléctrica”, el “qué suerte la tuya”, el café, el
trasnocho y los apuntes que ya no se entienden. Hoy día todo puede hacerse en
menos de la mitad del tiempo de aquel entonces. ¿Y total para qué?

Por María
Teresa Alvarado

Lejos
de invadirme la nostalgia por el uso de herramientas “rudimentarias”
—métodos de investigación manual que me exigían horas enteras en la
biblioteca, metiendo las narices en cada tomo, escribiendo fichas y sacando
fotocopias, cuando para ir a cancelar la cuenta de la luz había que invertir
media mañana, y mantener correspondencia exigía acudir a la oficina de
correos— me pregunto, ¿dónde están esas horas de ocio una vez que,
gracias a la tecnología, se logra cumplir una tarea a la velocidad de la luz?

Porque
ahora, no perdemos tiempo en nada. Viajamos por Internet, visitamos lugares
antes prohibidos y/o prohibitivos, hacemos compras por computadora, imprimimos
el pase de abordo en la casa, solicitamos libros por correo, hablamos con
máquinas automáticas, enviamos información a través del teclado telefónico,
pagamos las cuentas online, mandamos correos electrónicos al compañero cercano
de la oficina para decirle buenos días, acudimos a pintarnos la piel para darle
esa apariencia de bronceado poco antes que llegue la primavera, la comida es
Express, la tarjeta de crédito también, y cuando finalmente nos tomamos unas
vacaciones, evitamos ir a la casa de cambio para hacernos de la moneda local,
porque al final: “para todo lo demás existe Master Card”.

En este
vertiginoso mundo de cambios y nuevas tecnologías me confieso, a ratos,
extraviada. Todo pareciera un complot para alejarnos cada vez más de lo que
disfrutaba como tiempo de ocio. Ése que me permitía tener un almuerzo de tres
horas un día cualquiera, tomar un paseo los viernes por la tarde, o explorar un
sitio desconocido. Por más que me pasara horas y horas frente a la máquina de
escribir, siempre había lugar para la pausa. Y ahora que tenemos un mundo bajo
nuestros dedos, la pausa se convierte en ilusión. Si se termina pronto con la
labor del día, siempre aparecen otras tomadas de la mano. Las formas de
entretenimiento se personalizan en un ordenador portátil: fotos, música,
teléfono, mensajes electrónicos, e incluso películas. Y por más entusiasta que
sea frente a la tecnología y sus infinitas posibilidades, tengo la impresión de
que algo sospechoso se teje tras de ella. Tal vez su poder de seducción nos
atrapa, nos encanta, nos embelesa, nos retiene en un mundo electrónico que no
le da cabida a nada más.

Una vez
terminada la labor del día tendré tiempo para encontrar esos valiosos minutos
que nos ahorra la velocidad tecnológica. De nuevo otra ilusión. Justo cuando
creo que estoy a punto de liberarme, a la computadora le agarra un virus, uno
del tipo caballo de Troya, de esos que aparecieron por primera vez en la era de
la informática. Pero resulta que éste se trajo a su batallón de hermanos,
porque aquí ya no va sirviendo nada, ni el Outlook, ni el CD Rom, ni el
Messenger y mucho menos el Explorer. ¡Qué casualidad! Sabía que había algo
sospechoso. Rápidamente me hago del manual para ver cómo demonios fumigo a esos
bichos antes de que se coman todo. ¡Quién sabe cuánto tardaré! Ya hasta se
detuvo el reloj. Y mientras pienso que tal vez sea en esto donde va a parar el
tiempo perdido, miro de reojo a una bandada de pájaros cumpliendo su último
vuelo del día y a la tarde que se va vistiendo de noche.

©2005 WSN INC.

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