El galardonado director, escritor y productor argentino, detrás de éxitos como El secreto de sus ojos y El hijo de la novia, conversó sobre su trayectoria, su relación con el cine, televisión y teatro, y su perspectiva del estado actual de la industria del entretenimiento, entre otros temas.
En el marco de Content Americas de C21, Campanella comenzó la conversación sobre los elementos que generan el éxito. “Como sabemos, el trabajo y la capacidad ayudan, pero no son fundamentales”, dijo Campanella. “La suerte, en cambio, sí lo es. Todo el tiempo vemos ejemplos de éxitos con poco trabajo, pero ninguno sin suerte. En mi caso no hubo un planeamiento a largo plazo. Especialmente al comienzo, todo fue cuestión de suerte: los trabajos que iban llegando. Cuando empiezas, básicamente tienes que aceptar lo que venga, salvo que sea algo claramente reprobable. Tuve la fortuna de que los proyectos que me ofrecieron eran buenos, no solo porque me permitían mostrar lo que sabía hacer, sino porque ya venían con un contenido sólido y buenas historias”.
“Mi primer trabajo en televisión fue una serie de HBO llamada Lifestories: Families in Crisis, que funcionaba como una especie de respuesta a los after school specials que existían entonces, pero con un tratamiento más adulto, sin las limitaciones de censura de la televisión abierta”, explicó Campanella. “A la serie le fue muy bien: obtuvo seis nominaciones al Emmy y gané dos”.
El director agregó: “Después, una cosa fue llevando a la otra. Law & Order fue mi primer trabajo en horario prime time y lo conseguí gracias a la recomendación de una segunda asistente de dirección. A partir de ahí, los proyectos fueron encadenándose. En mi caso, no hubo una planificación como tal: mis únicos planes eran siempre el próximo proyecto que quería hacer, nada más”.
Al hablar sobre el fracaso en el desarrollo del trabajo en el medio, Campanella comentó: “Es ahí donde realmente se ve el esfuerzo y la personalidad de cada uno. No tanto en el éxito, sino en el fracaso, que también lo tuve, y muchos. En esos momentos, seguir adelante y seguir creyendo en uno mismo es fundamental, pero sin volverse sordo a lo que el fracaso tiene para enseñarnos. Eso es muy importante, y es justamente ahí donde resulta más fácil fallar”.
“En realidad, mis primeros trabajos fueron en Argentina, en teatro”, explicó. “Participé en una obra producida por mi hermano. Más tarde vine a estudiar cine a la Universidad de Nueva York y allí mi cortometraje de tesis tuvo una muy buena recepción, lo que me permitió conseguir trabajo. A partir de ahí, las cosas se fueron dando de manera bastante natural. Me llamaron para hacer una película, que fue mi primer largometraje y gracias a ese trabajo me convocaron luego para la serie Lifestories. Así se fueron generando las conexiones. Por suerte, dejé un buen recuerdo en la gente con la que trabajé y solían volver a llamarme cuando surgían nuevos proyectos. Con el tiempo, de ese modo, se fue armando una trayectoria de trabajo más estable”.
Al preguntarle si tenía la fórmula del éxito, Campanella afirmó: “No, para nada. Sí, creo en las estadísticas y en las probabilidades. De hecho, desde hace dos o tres proyectos, ¡me vengo preparando para un posible fracaso! Aunque, claro, rogando que no”.
Con relación a la televisión, el cine y teatro y si tiene alguna preferencia, Campanella comentó que le gustan las tres cosas. “No es que una cosa me mueva más que otra. En realidad, siempre es la audiencia la que termina marcando. He trabajado en los tres ámbitos: teatro, cine y televisión, y me gustan los tres, cada uno con sus ventajas y sus limitaciones. El cine, obviamente, tiene para mí un valor especial. Es una experiencia que suma al trabajo y a la pantalla, casi como una sinfonía y sobre todo le aporta permanencia en el tiempo. Las películas se ven muchas veces, cuando una nos gusta, vuelve a formar parte de nuestra vida. Esa permanencia, especialmente a lo largo de las décadas, es algo único. Dentro de poco, por ejemplo, se hará en Argentina una función conmemorativa por los 25 años de El hijo de la novia. Algo así es impensable cuando uno hace una película”.
Campanella agregó: “Con la televisión es raro ver dos veces lo mismo. Implica muchas horas. De hecho, la única serie que vi dos veces fue 24. Cuando mi hijo creció, se la mostré y la disfruté nuevamente. Además, como tengo un Alzheimer temprano, me había olvidado de todo, así es que fue casi como verla por primera vez. Pero, en general, es poco común volver a ver una serie completa. Por otro lado, las series permiten algo muy valioso: el desarrollo de los personajes sin el rigor del tiempo limitado que impone una película. En ese sentido, me gustan mucho las series. A lo que me refería es que, para hacer televisión, prefiero trabajar en series antes que en películas hechas para televisión. No es que prefiera las series por sobre el cine en general, sino que considero que las películas funcionan mejor en el ámbito de la exhibición cinematográfica”.
La conversación luego giró en torno al impacto de la tecnología en el consumo de contenido y los riesgos que se toman al producir una nueva serie o película. “Lo que ocurre es el famoso algoritmo, esa palabra que, por desgracia, entró en nuestras vidas”, explicó Campanella. “El algoritmo es un indicador de lo que ya pasó, no de lo que está por venir. Por eso, todo lo que sugiere tiende a la repetición, a la copia o a intentar replicar el éxito del año anterior”.
Campanella destacó: “Ese 20 por ciento de películas de riesgo siempre existió. Siempre fue así. Los estudios, y lo entiendo perfectamente, necesitan mantenerse y, para sostener su estructura, requieren al menos un 80 por ciento de productos más seguros y previsibles. Pero también había siempre ese espacio para arriesgarse con algo nuevo, y era justamente ahí donde se marcaba un nuevo camino, donde aparecía el próximo gran fenómeno. Si tengo que hablar de cine, los grandes éxitos verdaderamente descomunales fueron películas que inauguraron una tendencia, no las que la siguieron. Muchas de ellas, incluso, fueron proyectos difíciles de concretar, como La guerra de las galaxias, por ejemplo”.
“Ese porcentaje de riesgo hoy prácticamente ha desaparecido, salvo en contadas excepciones: personas que tienen la capacidad y el poder suficientes como para decir ‘apuesto por esta persona y por este proyecto’, no tanto por la tecnología o el algoritmo”, sostuvo el ejecutivo “Son proyectos que tal vez no cumplen con todas las casillas, pero en los que alguien decide apostar igual. Esos ejecutivos son cada vez más raros, muy valorados y suelen ser los que reciben los agradecimientos cuando llegan los premios”.
Elaborando sobre asumir riesgos en sus proyectos, Campanella explicó: “En realidad, todos mis proyectos fueron riesgos. El hijo de la novia, por ejemplo, no la quería hacer nadie. Una historia sobre una mujer con Alzheimer, un hombre con problemas cardíacos, al mejor amigo se le había muerto la mujer y la hija, todos decían que no. Fue Jorge Estrada Mora, un productor clave en mi carrera y una persona muy fundamental en mi vida, quien dijo: ‘Me gusta’. Y seguimos adelante. Después se sumó Adrián Suar, que también creyó en el guion, leyéndolo, confiando en el material. Son proyectos en los que uno se involucra porque le gustan, aun pensando que tal vez no van a funcionar demasiado. Recién cuando empieza a llegar el material filmado es que todos comenzamos a descubrir lo que realmente hay ahí. Hasta que no se ve con actores, es difícil dimensionarlo. Uno puede intuirlo, claro, pero no verlo del todo. Recuerdo que un día Adrián me llamó y me dijo: ‘Che, estuve viendo el material… me parece que vamos a viajar con esta película’. Y así fue dándose. Pero, en definitiva, siempre es un salto al vacío”.
Con relación a las diferencias entre la producción que se realiza en Estados Unidos y América Latina, Campanella ofreció su perspectiva: “Hace algunos años, el cine y la televisión estaban mucho más separados. La forma de armar un equipo era similar en ambos casos, tanto en la televisión como en el cine, incluyendo el cine argentino. Sin embargo, la televisión ya tenía una estructura mucho más definida, especialmente en lo sindical y en la manera de organizar una grabación, todo pensado en función del formato de la tira diaria. Los horarios de rodaje, la planificación de cada jornada y la dinámica de trabajo estaban optimizados para ese modelo. Existían, por supuesto, los unitarios y formatos más breves, pero el gran motor de la industria latinoamericana fue durante mucho tiempo la telenovela. Con la llegada de las plataformas y el auge de las miniseries, ese panorama empezó a cambiar. El cine comenzó a integrarse a la televisión, o más bien a adaptarse a ella, en parte porque el cine, tal como lo conocíamos, ya no podía sostenerse del mismo modo. Hoy, el sistema de trabajo es prácticamente el mismo: las dinámicas, los procesos y la lógica de producción se han unificado por completo”.
Campanella agregó: “En lo que realmente deberíamos poner el énfasis es en los guiones. No en los directores, ni en los equipos, ni en los técnicos: en esos aspectos ya hay profesionales muy buenos, de altísimo nivel. Donde sí veo una diferencia es en la formación de guionistas. La escuela que tienen los estadounidenses, especialmente en televisión, no creo que la tengamos, al menos en términos de cantidad de autores con un dominio sólido de las cuestiones estructurales del guion. Ese es, a mi entender, el punto más débil y el lugar donde muchos proyectos terminan trabándose”.
Para solucionar esto, Campanella puntualizó: “En primer lugar, hay que empezar a asumir que el guion, su estructura y su estudio, es fundamental. Existe toda una escuela que considera al guion como una traba, una cadena, una camisa de fuerza para los realizadores, como algo que hay que tirar por la ventana, como si no importara. Lo primero es dejar atrás esa mirada y admitir, sin vergüenza, que la estructura de tres actos funciona y es valiosa. A partir de ahí, lo más importante es incentivar a los estudiantes: animarlos a escribir, a escribir mucho”.
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