23 de June de 2026
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Mi vida en rosa

Creo
que nunca he seguido un “culebrón” completo. Pero debo decir que cada vez que
sintonizo alguno aparece una joven hermosa con cara de mal trago y lágrimas en
los ojos que le dice a su interlocutor, normalmente un hombre apuesto y frío:
“No puede ser, no puede ser”. Luego de varios segundos de primerísimos planos
que van desde la cara de la sufrida al rostro gélido del mensajero, acompañados
de una música que denota un gran suspenso (ta ta ta taaaannn), la joven dice
entre sollozos: “¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¿Te volviste loco?”

Probablemente
la continuación de esta escena incluiría frases como “estoy embarazada”, “ese
hijo no es mío”, “¿cómo te atreves?” —otra vez—, “humm…”, “¿acaso
no sabes que yo te amo?”. Porque si algo caracteriza a las telenovelas es que
con ver un capítulo no sólo te enteras de lo que está pasando, sino de lo que
ya pasó e, incluso, lo que podría llegar a suceder.

Como
dije antes, las telenovelas no eran santas de mi devoción, pero nada como un
buen dolor de espalda que te obligue a quedarte en cama para explorar el
género. Tiesa del ombligo para abajo, control en mano y ayudada por unas
maravillosas pastillitas que no alcanzaron las dosis estipuladas, disfruté de
varios episodios de Decisiones, unitarios en forma de novela que duran
entre media y una hora con finales felices y pare de sufrir.

Para
mí, el género de la telenovela comenzó en blanco y negro en Venezuela, con
títulos tan sugerentes como Esmeralda, La zulianita y más adelante Cristal y Kassandra. Además de los nombres de Delia
Fiallo y Arquímedes Rivero, en la pantalla chica aparecían Marina Baura, José
Bardina y Lupita Ferrer, ícono de la telenovela venezolana. Por eso, cuando me
enteré que sería la invitada de honor en uno de los tantos desfiles de la
hispanidad, no dudé en tratar de conseguir una entrevista. Oír hablar a Lupita
con sus palabras bien pronunciadas y sus expresiones como las de los papeles
que interpretaba, era vivir un eterno ‘flashback’. Incluso, al llamarme por mi
nombre en medio de una enumeración de títulos de novelas, me emocionó el hecho
de que hubiese sido protagonista de una que se llamara María Teresa, lo cual luego comprobé fue un
malentendido de mi parte.

A
mediados de los 80, conocí a las brasileras Cuerpo a cuerpo, La gata comió y Vale todo. Con títulos tan atrevidos y en
pantalla a todo color, me sorprendió lo que el género era capaz de inspirar en
sus creadores. En estas novelas, no había que ser una Miss Universo o un Adonis
para protagonizarlas. Bastaba con ser una persona común a quien le sucediera
algo para estar en la trama. No había nadie entre mis conocidos que no hablara
de la bendita Vale todo. Pero, con todo y su vale, yo me la perdí. Tampoco me quedé
enganchada con Café con aroma de mujer, Las amazonas, ni mucho menos con la
archiconocida Betty la fea.

Hoy
día, mi relación con el género es otra. La telenovela me persigue a diario,
bien sea desde el buzón electrónico, las llamadas telefónicas o promociones de
televisión. De hecho, hay un par de artistas de telenovelas que siempre son
invitados a los mismos eventos a los que acudo. Además, el gusto por las
novelas comienza a calentarse en Estados Unidos al punto de que ya anunciaron
versiones de libretos latinos en inglés.

Ya no
se trata simplemente de doblar los culebrones al idioma que determinada región
lo requiera. Además de la posibilidad de escuchar a Lupita hablando ruso, a
Jeannette Rodríguez, de Cristal, decir sus líneas en japonés o al galán del
momento Christian Meier seducir a su coprotagonista en finlandés. Ahora, la
fórmula de la telenovela perfecta ha llevado a su adaptación completa en otros
mercados. Por ejemplo, Betty la fea tiene diferentes rostros en Alemania, México
y Colombia, de donde es original. Incluso, se dice que la Betty germana de fea
no tiene nada y que el escenario donde se mueve es más similar al de una
superproducción cinematográfica que al que define la estética de la telenovela.

Y así,
entre mensajes y noticias, llamadas y gacetillas de prensa mi vida en rosa se
enriquece a la espera de las versiones estadounidenses de Mesa para tres, El cuerpo del deseo y de otra Betty la fea, que producirá Salma Hayek.
Habrá que ver si esta audiencia es capaz de acostumbrarse a larguísimas
historias de amor, venganza y dolor que exigen puntualidad diaria frente al
televisor. Mientras tanto, una doña sentada en su más cómodo sillón dice en
pantalla antes de que comiencen los comerciales: “¡Por fin un momento de
tranquilidad en esta casa!”, otra frase que nunca falta en el género.

María Teresa Alvarado

Editora de TV Latina





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