23 de June de 2026
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Seguro está el cielo

Recientemente, vi en la portada de una revista una
fotografía de un elefante de espaldas, con un gran alivio apostado a sus
patas. Al margen izquierdo se asomaba una escoba con intenciones de limpiar el
resultado de su ingestión. Confieso que me impactó el poder de la
imagen. Pero lo que más llamó mi atención fue el titular
que lo acompañaba, una suerte de guía de supervivencia para la
ciudad de Nueva York.

No sé si tanta ciencia ficción
vaticinando un futuro absolutamente peligroso y miserable tenga que ver con la
urgencia por sobrevivir a la que estamos expuestos hoy día. Porque
resulta que ahora ya nada es seguro. Ningún lugar del mundo es seguro.
No es seguro comer en un restaurante vegetariano porque puede que la lechuga no
esté bien lavada; ni tampoco en uno de carne porque puede ser que se
trate de una vaca loca. Si compras un automóvil hay que ponerle
trescientas alarmas, pero resulta que también hay quien pueda
violentarlas y llevárselo. Las zonas rojas de ciudades como Río
de Janeiro, Bogotá, o el D.F.; el alerta amarillo elevado de terrorismo
con el que se abren las noticias del día; el llamado constante que se
sucede desde los altavoces del aeropuerto que recuerda que nunca debemos perder
de vista nuestro equipaje; las medicinas para prevenir enfermedades que tal vez
nunca existirán. Las oraciones con velas se acabaron, no vaya a ser que
ocurra un incendio; los árboles navideños de verdad verdad
también, no vaya a ser que las luces hagan un cortocircuito y
adiós luz que te apagaste. Ahora hasta los niños sufren de
estrés y ansiedad; y meterse al mar puede ser nocivo para la salud, bien
sea porque el agua esté contaminada o porque a alguien se le
ocurrió correr el rumor de que en esa playa un tiburón le quitó
la pierna a su tío. Y los Juegos Olímpicos… la magna fiesta
deportiva, que celebró sus 108 años de existencia, estuvo
resguardada por más de 70 mil efectivos de seguridad quienes les
cuidaron las espaldas a miles de deportistas, los cuales ya lidiaban con los
nervios propios de las competencias.

En un periódico de Caracas, Javier Vidal,
dramaturgo, actor y director, escribía que una de las cosas que
más le echaba en cara a Chávez era que le había quitado la
nocturnidad a los caraqueños. La inseguridad ha llegado a tal punto en
esa ciudad que ya nadie va al teatro; ya se acabaron las tertulias en el Gran
Café, los tragos después de la película y el baile los
viernes por la noche. La gente está aterrorizada.

Pero el hecho de que nadie quiera salir, resulta
ventajoso para todo un sector del entretenimiento. Y es así como el gran
appointment view de la humanidad se da, señores, frente al televisor. No
obstante, incluso a través de él se nos muestran las dos caras de
la moneda. Si logramos sortear con éxito la sección criminal de
cada noticiero; si obviamos todo lo concerniente a la guerra de Iraq, con sus
presos, víctimas, victimarios y amenazas terroristas; si no nos llamasen
la atención los anuncios de nuevos tipos de alarmas, artefactos para la
autodefensa y rejas tipo jaula para fotografiar de cerca a los tiburones, puede
que nos sintamos seguros en la comodidad del hogar frente a El mago de la cara
de vidrio, como lo llamó Eduardo Liendo. Así, tras saltar
olímpicamente estos segmentos puede uno optar de manera consciente por
las comedias, documentales, dibujos animados, historias del corazón y
telenovelas. Sin embargo, mientras la guía de supervivencia frente al
televisor ha podido ser de suma utilidad para algunos; hay otros que deben
sortear la inseguridad de su negocio al verse violentados por la presencia de
los piratas que roban algo tan intangible como lo es una señal de
televisión.

De camino a casa, una escuadrilla de camiones de
bomberos, ambulancias y decenas de carros de policía, me obligan a
detener mi bicicleta junto a la acera. A la entrada de una de las estaciones
del metro en Times Square se corre la voz de que han hallado una bomba. Las
luces de la futurista zona neoyorquina bailan junto a las de las cocteleras de
los vehículos de seguridad. Decenas de uniformados arrean a la gente lejos
del lugar de los hechos, no sin antes mirar detalladamente sus rostros pensando
si éste sería un buen momento para comenzar a revisar carteras y
bolsos. Como si nadase contracorriente, busco una pronta salida de entre la
multitud. Cinco cuadras hacia el este, pedaleo sobre un camino más
despejado. De pronto llega a mi memoria un popular refrán, que si bien
desconozco su origen, siempre ronda por mi cabeza: Seguro está el cielo
que no lo ensucian los zamuros.

María Teresa Alvarado, editora de TV
latina

Octubre de 2004

@2004 WSN INC.

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