Lo peor de envejecer (o de madurar, para ser políticamente correcta) es cuando ves a un joven con una actitud que te parece detestable y, súbitamente, te das cuenta de que solías hacer lo mismo años atrás. La sangre te sube toda a la cabeza, el rostro se te enrojece y no encuentras donde poner la mirada… hasta que se te ocurre que quizás exista una posibilidad, por remota que sea, de que la gente no lo recuerde o, en el caso de nómadas como yo, que simplemente no te hayan conocido en esa época.
Esto pensaba el otro día cuando asistí a una conferencia en una librería sobre un libro muy intrascendente, que me encantó justamente porque trata en forma puramente superficial las peripecias de una asistente editorial en una revista de modas. La autora, quien a los 25 años estaba a una semana de sumarse a la lista de best-sellers del New York Times y ya había vendido su historia a Hollywood, nos miraba a todos compasivamente mientras hablaba del maltrato del que son objeto los pasantes y se preguntaba cómo es que se relega a esos jóvenes, que han leído a los clásicos, a hacer fotocopias, organizar bases de datos o servir café.
Mi primera reacción, como cualquier persona que ha perdido su base de datos y textos casi terminados a manos de pasantes, fue la de dispararle una mirada medio bizca mientras me decía a mi misma que ojalá les enseñasen más “Sentido común 101” y menos literatura rusa. Al rato, sin embargo, no me quedó otra que reírme: después de todo, ¿quién no ha pasado por esa fase en la que piensa uno que todo lo sabe porque acaba de leer unos cuantos libros o porque logra pronunciar unos cuantos nombres raros?
En mi época (sí, a pesar de los rumores con respecto a mi edad, sí existían las computadoras, aunque no tenían RAM) la fiebre daba por Bukowski y Rimbaud. Mi gran terror de post-adolescente era que descubrieran que nunca logré pasar de la primera página de Rimbaud y jamás hojeé siquiera un libro de Bukowski.
Pero el ver a esta chica en la librería tan orgullosa de haber leído a Tolstoi y tan compadecida de aquellos que no colocan uno de sus libros bajo la almohada además de que hizo aflorar cierta vergüenza propia, también me llevó a cuestionar si, a fin de cuentas, el intelectualismo excesivo no es en sí superficial. Algo permisible en tu juventud, pero que se hace considerablemente cursi al llegar uno a cierta edad. Al fin y al cabo, andar por ahí obligando a la gente a oír citas de autores oscuros y pesados, ¿no es similar a andar destacando la marca de un diseñador exclusivo en la manga de la camisa? Así como hay nuevo-riquismo, ¿no habrá acaso también nuevo-intelectualismo? Después de todo, las personas más inteligentes que conozco no lanzan a diestra y siniestra en su conversación nombres y apellidos multisilábicos.
Una de las áreas en las que más se afincan estos “nouveaux intellectuels” es sin duda la televisión. En opinión de muchos la programación de nuestras pantallas es una pesadilla “dantesca”, la cual puede tener consecuencias que “ni Hegel” pudo prever, aunque sí quizá lo hizo “Marx, en el párrafo tal de la página nosecuantos de su libro cual” (“¿o fue alguno de sus comentarios sobre la religión lo que plasmó allí?”).
No niego que, a veces, la televisión no representa nuestras cualidades más elevadas, ni afirmo que todos los programas sean buenos. No creo que los noticieros den siempre la mejor cobertura, ni que los realities jamás se pasen un poquito de la raya. Pero al mismo tiempo pregunto, ¿funcionaría un reality en el que encierras a cinco nihilistas en un cuarto? ¿O un programa de citas que se sostenga sobre la composición de odas, sonetos o romances? No puedo (ni quiero) imaginarme a la Phoebe de Friends siendo coherente y a Joey siendo inteligente; o a Jack de Will & Grace siendo considerado y letrado. Porque lo que hace funcionar esos programas es, a fin de cuentas, lo mismo que hizo que esas novelas (ahora apreciadas como clásicos) fueran un éxito en su época: el uso de emociones básicas y universales; la representación o la burla de lo que día a día nos define como seres humanos, sin ponerle etiquetas con palabras de 80 sílabas.
Por ello, en esta edición nos dimos el gusto de echar un vistazo a la programación que ha hecho que un número de canales de televisión paga se posicione con los mayores ratings en América latina durante el bloque del horario estelar, en un artículo donde se analizan desde programas, estrategias y franquicias, hasta promociones e imagen en este espacio de importancia tan vital.
Otro de nuestro artículos se centra en la venta de telenovelas en el mercado de Europa del Este. Tras el boom de hace unos cinco años, que conllevó a una saturación del mercado y a una consecuente baja en la demanda, muchos de los países de esta región han vuelto a consumir el género en forma saludable, resultando nuevamente en un crecimiento del negocio de los distribuidores latinoamericanos.
Por último, pero no menos importante, les invito a todos a que nos visiten en nuestra dirección de Internet tvlatina.info. En nuestra nueva localidad electrónica, además de encontrar artículos, entrevistas, directorios de canales de cable, listados de programación y otros recursos, podrá disfrutar gratuitamente de noticias diarias de la industria de la televisión en América latina y el mundo. Estoy segura de que nuestro sitio le será de gran utilidad y, por favor, no dude en enviar sus comentarios para que podamos mejorarlo cada vez más.
A todos aquellos a los que alguna vez les hice creer que leí a Bukowski, me disculpo, y también les confieso: Sí, vi el capítulo final de Joe Millionaire.
Nathalie Jaspar, editora.
Junio de 2003
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